Este plato, que en apariencia no tiene ningún misterio, puede tener tanto misterio como tú quieras.
Es uno de los primeros que solemos aprender de adolescentes. Es muy fácil de hacer, incluso en cantidades industriales; le gusta a todo el mundo, en especial a los jóvenes; y es barato. Es nuestro primer mini triunfo en las cenas sociales. Pues bien, espero que con los años y la práctica, cada uno haya descubierto su manera especial de hacer las salchichas, y estaré encantada si lo compartís conmigo.
Con todo esto de las dietas y las comidas light, hago un intento de aligerar este plato. En primer lugar sazono las salchichas con sal y pimienta negra. Después las frío en una sartén, con fuego vivo, hasta que adquieren ese color marroncito tan apetecible. Añado un chorrito de vino blanco y le doy un hervor rápido. Acto seguido, apago el fuego, las dejo enfriar unos minutos y retiro las salchichas de la sartén pasándolas escurridas a una olla. Así el aceite y la grasa se quedan fuera de la ecuación.
En la olla añado otra puntita de pimienta negra, una buena ración de vino blanco y abundante tomillo. Si no tenéis, también le va de cine el romero. Dejamos las salchichas cociendo un rato largo para que adquieran bien el aroma del tomillo. Mientras, podemos preparar un puré de patatas, que es el acompañamiento que más le va.
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